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Historia #2 de aborto: El precio de la frontera

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Historia #2 de aborto: El precio de la frontera

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Hace mucho no agarraba una hoja de papel y un lapicero para escribir. De hecho, no sé cuándo fue la última vez que lo hice. Sin embargo, ese olor a hojas recién arrancadas de una libreta me hace recordar las tardes en que me sentaba con Juan José y Yonaibis, ahí en la sala de la casa para hacer sumas, restas, planas, carteleras y cuanta cosa se inventara la maestra de mis carajitos.

Salí de Venezuela en la noche, como quien huye después de cometer el peor de los delitos, como quien se escapa de un tirano carcelero y se sirve de lo oscuro para que nadie lo vea.  Fugitiva, así me sentí, solo que los miles de venezolanos que abandonamos nuestro país a diario y yo, somos inocentes.

No quiero calcular cuántos kilómetros caminé pero con mis pies hinchados, cansados y heridos pude comprobar que las fronteras son un asunto político, un invento egoísta que busca ratificar el falso poder de quienes dicen tenerlo. Andando fui testigo de que no se puede dividir el agua de una quebrada solo porque cruza de Colombia a Venezuela y aunque existen pasos oficiales entre ambos países, las maneras de transitar de un lugar al otro son múltiples, únicas y desconocidas.

Por lo mismo, en los caminos que llevan a la  frontera entre ambas naciones, existen  verdaderos carteles que se lucran de la crisis migratoria. Personas sin escrúpulos que en peajes improvisados, no solo te despojan del poco dinero que te quede, sino que también se roban tu dignidad. Cada vez que llegaba a uno de estos filtros veía tipos armados y con fajos de billetes en sus bolsillos: dólares, pesos, pocos bolívares… ¡Todo un negocio!.  ¿Cuántas historias habría detrás de cada moneda? ¿Cuántas familias divididas y corazones rotos? eso me preguntaba siempre.

Para llegar a Maicao, pasé por dos filtros clandestinos, cada uno más tenebroso que el anterior. No tengo documentos por lo que entrar a Colombia por un paso oficial no era una opción. Recuerdo que en el primero tuve que entregar todo lo que tenía en los bolsillos, eso y mi reloj, el mismo que me dio mi nona de regalo cuando cumplí 34.

¡Ay mi nona! si viera lo que queda de Venezuela, si viera que el dichoso sueño bolivariano solo lo vive el que manda porque para el resto es una pesadilla, seguramente no se habría ido a la tumba amando al comandante.

Por la trocha me encontré con muchos otros como yo: el abogado y la madre soltera; el ingeniero y la médico; el universitario y la adolescente. Todos ahora con la etiqueta de desplazados y de migrantes en la frente. Somos tantos caminando por tierras ajenas y aunque los vi y hablé con algunos, siempre estuve sola.

Llevaba tres días lejos de mi casa, lejos de mi mamá y del par de carajitos cuando dos tipos me detuvieron. ¡La cuota! dijeron. Un peaje más.

Sentí miedo, no solo por la apariencia de esos hombres sino porque ya no me quedaba nada más en el morral, salvo un par de blusas y dos jeans. “Tengo algo de ropa que de pronto le sirve a su mujer... o mujeres” dije.

“¡Nos salió cuaima!” - dijo uno de ellos.

“Aquí se paga o no pasa, mi doña” -  era colombiano, lo supe por su acento.

Me mostré fuerte e incluso agresiva, así me habían dicho que tenía que hablarles a los hombres que se me cruzaran en el camino, sin embargo por dentro estaba hecha un caos de los nervios. Les expliqué que no tenía nada y que el poco dinero me lo habían quitado otros como ellos.

“Siempre hay cómo pagar...”  dijeron. Y palabras más, palabras menos me exigían sexo a cambio de poder seguir mi camino. Lo pintaron como una opción camuflada detrás del revólver, que colgado en sus cinturas, no paraban de tocar.

Sentí miedo, repulsión y ansias de vomitar. ¡A esto hemos llegado! Está pasando en las trochas, en las carreteras, en las quebradas y detrás de los árboles. Nuestros cuerpos vistos como monedas y elementos de transacción.

Sí, llegué a Maicao. Llegué siendo otra, pagué el peaje de entrada a una tierra que no es mía.

En Colombia me recibió una prima, una mujer creyente de la magia y del poder de los astros, los mismos a los que les atribuyó la mágica premonición de que en Venezuela todo se iba a ir para el carajo, por lo que decidió salir del país hace varios años.

De inmediato me puse a buscar trabajo pero las puertas se cerraban con agresividad e incluso odio. Recordé cómo me molestaba escuchar las historias de los colombianos desplazados por la violencia que mendigaban en Caracas, y mire usted, la vida giró y ahora yo estoy en sus zapatos.

¡La vida no es fácil! Y se puso peor cuando me enteré que estaba embarazada. Embarazada de un desconocido, a mis 37 años... Embarazada siendo desplazada. Me hice la prueba sin contarle a nadie y con el resultado me derrumbé. ¡Maldito sistema! No tenía ni para comer y con dos hijos sufriendo en Venezuela, al cuidado de mi viejita... ¿Un hijo más? ¿Qué le podría ofrecer?

Profamilia se me cruzó, literalmente en el camino, cuando vi a un par de enfermeras de chaleco verde en una plazoleta de Maicao. “Sin Fronteras - Atención Humanitaria a Población Migrante” decía el afiche que tenían al lado. Me acerqué, y no pude contener mis lágrimas cuando les empecé a contar lo que estaba pasando. Creo que en ese momento solté todo lo que tenía guardado, por mi mente pasaban imágenes repetitivas de mi camino por las trochas, de mis carajitos, de mi nona, de mi madre, de mi tierra, de mi reloj, del revólver… de esos hombres.

Interrumpí mi embarazo con la convicción de que fue la mejor decisión. Convencida del daño que me estaba generando estar en la situación que estoy. La gente no tiene en cuenta los sentimientos cuando habla de salud, no perciben lo peligroso de un corazón roto, de un ánimo destruido; no calculan el alcance de la ansiedad y los efectos de la depresión.

Lee la historia número 1 aquí

Historias de aborto: El precio de la frontera

En Colombia, bajo la Sentencia C-355 de 2006 se garantiza el aborto seguro como un derecho de las mujeres.

La Corte Constitucional reconoce la interrupción voluntaria del embarazo como un derecho fundamental, que debe estar garantizado por el sistema de salud, cuando:

La continuación del embarazo constituya peligro para la vida o la salud de la mujer

Cuando exista una incompatibilidad del feto con la vida

Cuando el embarazo sea el resultado de una conducta de violencia sexual, debidamente denunciada.  

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