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Historia #1 de aborto: El día que decidí abortar

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Historia #1 de aborto: El día que decidí abortar

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Aquí estamos, con un café caliente sobre la mesa y los dedos inquietos jugando sobre el teclado. Cuando Profamilia me planteó la idea de escribir acerca de mi experiencia con el aborto, no lo dudé ni un solo momento, claro, no soy pluma maestra de la literatura pero estoy segura de que las palabras más cotidianas que el idioma nos puede regalar son suficientes para que usted conozca mi historia.

Pensemos que me llamo Laura, pero también podría ser Sofía, Paula o Marcela, el nombre es lo de menos, podría ser cualquiera porque mi historia es la de muchas. No tengo 18 años pero tampoco 30 y a diferencia de varias de las mujeres con las que trabajo, mi vida ha sido relativamente fácil: chica de clase media y universitaria, soy delgada aunque cuando me siento me sale panza; tengo un trabajo que paga el arriendo y el crédito en el que me metí para poder hacer una especialización.

Fue ahí, en ese salón de clases de una universidad en el norte de Bogotá donde conocí a Juan, aunque también podría ser Pedro o Pablo, su nombre, como el mío, no importan un comino. ¡Qué tipo más churro! pensé el primer día que lo ví y estoy segura de que tampoco pasé desapercibida porque solo fueron necesarios unos días para que me pidiera el número de celular, eso sí con la excusa tonta de que le compartiera mis apuntes. Se lo di.

Estoy segura que esto nos ha pasado a todos: chatear hasta tarde sin importar que tengamos que madrugar, emoji va y emoji viene; diablito morado, corazoncito, carita apenada y así hasta que la invitación a ir a cine o a tomar algo aparece en la pantalla. Pasa ¿verdad? ¡Los millennials somos tan predecibles cuando de empezar relaciones se trata!

Así, entre clase y clase se llegó el día y ese sábado, horas antes de salir con el personaje, todo lucía como un chick flick americano, ya saben, la escena donde la protagonista, al ritmo de una canción pop, se prueba muchas pintas, se hace el pelo y las uñas para esperar ansiosa en la ventana a que llegue su cita. Esa era yo. No tan Jennifer Aniston, más bien como Bridget Jones.

Cenamos delicioso y luego decidimos ir a tomar un cóctel, bueno, para mí fue solo uno, para él, varias copas más. Hubo besos y coqueteos, hubo halagos y  promesas de nuevos planes por hacer.

Todo parecía perfecto, de hecho lo fue hasta que llegamos a su apartamento. De repente todo cambió, recuerdo la ira que le produjo el que me negara a tener sexo con él y cómo se transformó; recuerdo sus manos apretando con fuerza mi cuello y cómo sin aliento, no pude contar los golpes que me propinó. Y la sangre, ese maldito olor a óxido y a metal mezclado con licor, que me ahogaba cuando todo se nubló y que luego se convertiría en la señal roja para identificar los lugares de mi cuerpo por donde ese hombre se paseó y se introdujo.

Así, sin esperarlo, el chick flick se convirtió en una horrible pesadilla para la que despertar no habría significado ninguna solución.

Los más conservadores dirán: ¿para qué se vistió como lo hizo? ¿por qué fue al apartamento del tipo si no pensaba tener sexo con él? Si se le cruzó algo así por la mente acaba de convertir a la víctima en victimario al justificar algo tan ruin como una violación. Canalla es pensar que una mujer puede motivar el abuso sexual; ese argumento nos cosifica, nos reduce a nada y libera a los hombres agresores de toda responsabilidad. Como yo lo veo, parte de lo que nos hace humanos es tener la capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo, eso nos distancia de los animales y en ese sentido, el instinto y el mero deseo no pueden justificar, nada lo hace, una atrocidad como la violación.

Aquí si me quedo corta de palabras porque no es fácil describir cómo me sentía después: era una mezcla entre tristeza y rabia, entre sueño  y cansancio, entre dolor y náuseas. Al menos por una semana no salí del apartamento, me veía al espejo y sentía lástima por mí. Solo puedo recordar un cuerpo hueco: sin alma y sin sentimientos porque me los habían robado.

Usted, que está al otro lado de la pantalla, cuando leyó el título de esta entrada supo cuál era el fin de esta historia pero desconocía cómo llegué a él.

Hoy lo puedo decir y compartir con ustedes, soy una mujer sobreviviente del abuso sexual de un ser despreciable al que finalmente pude denunciar. Producto de esa violación quedé embarazada, y aunque dentro de mi plan de vida siempre ha estado tener hijos, no iba a ser así, no de esa manera, no con esos recuerdos.

A diferencia de muchas otras mujeres, yo conozco mis derechos y en esos momentos los supe ejercer. Busqué ayuda y decidí interrumpir mi embarazo. Ojalá todas las mujeres gozaran del privilegio de la información, ojalá cada una sin importar su raza, su edad, su educación o condición social conocieran sus derechos.

Historias de aborto Profamilia: El día que decidí abortar

En Colombia, bajo la Sentencia C-355 de 2006 se garantiza el aborto seguro como un derecho de las mujeres.

La Corte Constitucional reconoce la interrupción voluntaria del embarazo como un derecho fundamental, que debe estar garantizado por el sistema de salud, cuando:

La continuación del embarazo constituya peligro para la vida o la salud de la mujer

Cuando exista una incompatibilidad del feto con la vida

Cuando el embarazo sea el resultado de una conducta de violencia sexual, debidamente denunciada.  

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